Llevo dos días comiendo en familia y cuando me encuentro compartiendo mesa con hermanos, sobrinos, primos, cuñados, yernos, padres, abuelos y nietos, se me ocurre pensar que estas reuniones son para mí un verdadero ejercicio práctico de estoicismo.
Presentaciones, saludos, besos, conversaciones por las que siento un especial desinterés por ahora; los más mayores contando sus enfermedades: artrosis, dolores, tensiones arteriales, y remedios para sus achaques con nombres de medicamentos variados....nietos....hijos....pensiones....
Veo a gente que no veía desde hace años y he comprobado que, salvo excepciones, caminamos hacia una galopante decrepitud que no reconocemos en nosotros mismos, el espejo diario en el que nos miramos oculta nuestra decadencia y solo nos percatamos de ella cuando la vemos en los demás, como si fuera un espejo vengativo.
Lo que debería ser de satisfacción por estar juntos diría que se convierte, al poco rato en un ambiente de tensión por parte de casi todos....se exceptúan los niños, que no se enteran del halo de tirantez que se respira.
Tengo el convencimiento de que en estas reuniones la gente nos dedicamos a descargar en los demás nuestras propias frustraciones, si no fuera así, no me explico esa obsesión por tener un clan familiar con el que reunirse de vez en cuando.
En las conversaciones, el descontento y el malestar se deja sentir en cada frase...cada persona que forma el clan quiere dejar patente al que asiste al encuentro familiar lo descontento que está con los demás y para ello se utilizan frases irónicas y mordaces muchas veces, ininteligibles para el invitado, pero hirientes como flechas envenenadas para el que van dirigidas, quien es plenamente consciente de su papel de diana de la invectiva lanzada. Así, entre ellos se zahieren con palabras que solo comprende el clan y por supuesto, el receptor del mensaje subiminal y, aunque el observador no capte más que la forma en los mensajes, sí percibe la tensión que generan los mismos, a base de miradas, cambios de expresión y contestaciones igualmente desabridas.
lunes, 24 de diciembre de 2018
Desde la ventana
...Una vez dentro de la casa miré por la ventana, demasiado alta para mi estatura, lo que me obligó a ponerme de puntillas para asomarme a ella.
Después de acostumbrar mis ojos a la claridad del sol que reflejaba la pared del edificio que tenía enfrente, pude percibir la panorámica que se me ofrecía. Vano esfuerzo; lo que ví no me interesó lo más mínimo: un sinfiín de ventanucos con persianas bajadas, que no me permitía saber lo que sucedía en su interior.
Y como no tenía otra alternativa, comencé a imaginar cómo sería la vida de las personas que se ocultaban tras ellas, distinguiendo las que disponían de persianas más o menos nuevas, las que mostraban en sus alféizares macetas con plantas que en esa época aparecían cubiertas de flores de diversos colores. Otras ventanas, con toldos opacos, sustraían de mi vista algún detalle que descubriera a mis ojos cualquier consecuencia imaginativa. El escaso pedazo de calle que veía desde mi altura tampoco me pareció tener interés alguno; sólo automóviles estacionados a un lado de la acera, sin hueco entre ellos iluminados por el sol de mediodía que hacía centellear sus brillantes carrocerías.
Yo hubiera deseado disponer de una ventana cuyas vistas espolearan mi fantasía, naturalmente feraz; tener enfrente una casa de vecinos de esas con grandes ventanales que, sin mostrar impúdicamente la intimidad de sus moradores, dejaran margen para imaginar cómo eran las relaciones que sostenían y las costubres que cultivaban en lo cotidiano. O bien una ventana que me hubiera permitido ver el cercano mercado del barrio, al que acudían un sinfín de personas que yo hubiera convertido en personajes, cada uno con su particular historia inventada en mis ratos de ocio y aburrimiento. También me hubiera gustado asomarme a la ventana y ver desde ella un campo extenso en el que se cultivaran distintas clases de hortalizas: patatas, alcachofas, rábanos, pepinos, etc. de las que se recogen del suelo; sin árboles ni vallas que me hubieran ocultado a las personas, que me interesan a efectos de inventiva.
Y dejando aparte la facultad de imaginar historias, también me hubiera gustado mirar desde una de esas ventanas dispuestas en el techo de las buhardillas que permiten escudriñar el cielo nocturno tapizado de puntos brillantes, estrellas enviando guiños a quienes nos interesamos por ellas porque hubiera imaginado historias de naves espaciales tripuladas por extraterrestres o ingenios bélicos ultrasecretos que ensayan las grandes potencias...
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